El monstruo Tartalo y tus miedos

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Uno de los temas que más me apasionan de la mitología vasca son sus monstruos: seres terroríficos que algún día habitaron la faz de la Tierra y que convivieron con nuestros antepasados. Es algo que me fascina. Me fascina imaginarme esos encuentros entre el ser humano -cargado de miedos, inseguridades, debilidad- frente al todopoderoso y fantástico ser mitológico.

 

Y creo que no solo yo me siento hipnotizada ante este tipo de relatos sino que es algo compartido por el común de los mortales. ¿Cómo se las arreglará el protagonista para salir vivo de ésta? –nos preguntamos expectantes.

 

Los monstruos son nuestros miedos. Hay miedos universales y miedos únicos y personales. El monstruo nos permite focalizar nuestra sensación de miedo en él, sentirnos identificados con el protagonista y acompañarlo durante toda la historia en busca de una solución. Exorcizamos el miedo cuando comprobamos que esa solución existe. Muy habitualmente, la salida es el ingenio frente a la fuerza bruta.

 

Imagen de Tartalo, en Billela (Guipúzcoa)

Tartalo en Billela (Gupúzcoa). Autor: Urtxintxa. imagen: panageos.es

 

Uno de mis monstruos preferidos en la mitología vasca es Tartalo. Tartalo es un cíclope come-hombres, con un solo ojo en mitad de la frente, que tiene mucha similitud con el cíclope Polifemo de Homero. Entre las distintas hipótesis que hay acerca del origen de la leyenda de Tartalo se baraja las relaciones que pudo haber entre marineros vascos y griegos. Por lo que se ve, la mitología nos sirve también para conocer las conexiones entre los diferentes pueblos.

 

Imagen de unos niños disfrazados de Tartalo

De fiesta disfrazados de Tartalo. imagen: imagenessaraspea.blogspot.com

 

Creo que ya es hora de dar paso al monstruo, así que sin más preámbulos os presento la historia de Tartalo. Espero que os guste.

 

Dos hermanos, que volvían de un viaje muy largo, se perdieron en los montes de Guipúzcoa y, después de mucho andar, decidieron entrar a una cueva a pasar la noche. Más tarde, apareció Tartalo con su rebaño de ovejas y, después de entrar en la cueva, tapó la entrada con una enorme piedra. En seguida se dio cuenta de que los dos hermanos estaban dentro, dirigió su terrible ojo hacia uno de ellos y le dijo:

– Tú serás mi cena.

Y dirigiéndose al otro le dijo:

– Tú serás mi desayuno.

Y dicho esto, cogió al primero de los hermanos, lo ensartó en un enorme hierro, lo cocinó en el fuego ante la mirada aterrorizada de su hermano y se echó a dormir. Antes de eso, puso un anillo mágico al que quedaba con vida. Este anillo, ante la pregunta “¿Dónde estás?” siempre respondía “¡Estoy aquí!, ¡Estoy aquí!”.

– Así siempre sabré donde estás –le dijo el monstruo.

Durante largo rato el joven no supo qué hacer, totalmente afectado por la muerte de su hermano. Por fin, se decidió a buscar una salida, alguna grieta por la que poder escapar de su prisión, pero rápidamente se dio cuenta de que la única salida era aquella en la que Tartalo había puesto una enorme piedra, que él solo no podría mover.

Al fin, tuvo una gran idea: cogió el hierro que había atravesado a su hermano, lo calentó en el fuego y lo clavó en el único ojo de Tartalo. El gigante emitió un alarido impresionante y se quitó el hierro del ojo mientras gritaba de dolor:

– ¡Maldito, me has dejado ciego! ¡Te destrozaré con una sola mano!

Tartalo, completamente fuera de sí, comenzó a buscar al joven que corría y se escondía entre las ovejas. Al no poder encontrarlo en medio de su rebaño quitó la piedra de la entrada y fue pasando a todas las ovejas, una por una, por debajo de sus piernas. El joven, cubierto por una piel de oveja, pasó también entre las piernas de Tartalo y comenzó a correr todo lo rápido que le permitían sus piernas.

Cuando el gigante se dio cuenta de que su presa había escapado, se acordó del anillo y comenzó a gritar. 

– ¿Dónde estás?

– ¡Estoy aquí!, ¡Estoy aquí! –contestaba el anillo.

Guiado por esa voz el Tartalo corrió detrás del muchacho. Cada paso del gigante era como diez pasos del joven, así que más pronto que tarde, el monstruo estuvo a punto de atrapar al chico. Éste intentó quitarse el anillo, pero sin éxito. Cuando ya sentía el aliento de la bestia en su cogote, recordó que llevaba una pequeña navaja en la bota, la sacó, se cortó el dedo -anillo incluido- y lo tiró a un pozo que había por allí.

Tartalo volvió a preguntar:

– ¿Dónde estás?

Y el anillo respondió desde el fondo del pozo:

– ¡Estoy aquí!, ¡Estoy aquí!

Fue así como Tartalo, el gigante come-hombres que había aterrorizado esas tierras durante tantos años, cayó dentro del pozo y se ahogó.

Desde entonces ningún monstruo ha vuelto a aparecer por los montes de Guipúzcoa.

 

(Leyenda popular extraída de “Euskal Herriko Leiendak” de Toti Martínez de Lezea. Traducción: Inés Bengoa).

 

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